Patrick achieves safety and freedom, yet a more profound struggle emerges. Compelled by God, he faces a choice: remain in comfort or embrace the daunting task of returning to the site of his suffering.
Then Jesus said to all of them, “If anyone wants to come after Me, he must deny himself and take up his cross daily and follow Me. For whoever wants to save his life will lose it, but whoever loses his life for My sake will save it. What does it profit a man to gain the whole world, yet lose or forfeit his very self?
We also have the word of the prophets as confirmed beyond doubt. And you will do well to pay attention to it, as to a lamp shining in a dark place, until the day dawns and the morning star rises in your hearts.
Después de años de esclavitud, lejos de su hogar y de su
familia, podemos imaginar a Patricio subido en la proa de
un barco llorando de alivio. Detrás de él, la
tierra de su cautiverio. Delante, el mar y la
libertad que jamás pensó volver a
tener.
Pero no se trataba de volver a su vida, de volver a lo que había
perdido, sino que el barco no lo condujo a
casa, lo llevó hacia la
desconocida.
Los expertos creen que el barco le llevó a Francia, donde empezó a estudiar
las escrituras y se unió a una comunidad cristiana.
Patricio podía haber elegido otros caminos, pero algo había cambiado dentro de
él.
Su fe, nacida en el sufrimiento, había empezado a echar
raíces. Ahora tenía la necesidad de aprender y de
profundizar más.
Gracias a su nueva comunidad conoció a Jesús, pero no
solamente de oración, sino de práctica.
Vio lo que significaba vivir una vida de oración, servicio
y amor.
La fe es como una llama y necesita cuidado.
Necesita resguardo y una comunidad que la proteja.
Necesita combustible, escritura, sabiduría,
experiencia y también necesita aire, un
espacio para preguntar, dudar y
crecer. Todo
eso avivó la fe de Patricio hasta convertirla en un fuego que consumió su
vida y en el proceso encontró un llamado más
profundo.
Después de lo que seguramente parecieron varias vidas para sus padres,
Patricio decidió emprender el viaje de regreso a
casa.
Qué alivio habrá sido eso. Pero me pregunto: ¿le
reconocieron? Llevado sin piedad siendo un
niño, ahora volvía como un hombre con una misión,
un hombre decidido a servir a Dios y seguir su
guía.
Deseando aferrarse a lo que una vez habían perdido, Patricio
cuenta que al volver me rogaron que les diera mi palabra, que
después de haber sufrido tan dura prueba, jamás los dejaría de
nuevo.
Pero Patricio no podía hacer esa promesa porque Dios lo
estaba llamando de
vuelta.
Todos sabemos lo que es sentir la presión de las expectativas ajenas,
especialmente de nuestros padres, profesores, líderes.
Todos tienen una idea de lo que deberíamos hacer.
Seguramente, los maestros de Patricio esperaban que sirviera en Francia
e incluso que tomara una posición de liderazgo.
Un plan sensato y seguro habría sido viajar hacia el este, de camino a
Roma, a la protección del imperio, el privilegio de la
Iglesia y el camino ascendente dentro de la jerarquía
religiosa.
Pero Patricio oyó otra cosa. Escuchó la voz de los irlandeses, los mismos
que le habían esclavizado, y le decían: "Te lo
suplicamos, vuelve y camina una vez más entre
nosotros". Claro, imaginaros, esto le traspasó el
corazón, pero no se apresuró, sino que se
quedó ahí debatiendo y luchando contra ello.
Porque imaginaros, ¿realmente
podía dejar a sus padres, podía dejarles con todo lo que habían
perdido? ¿Podía volver a la tierra que le había arrebatado
absolutamente todo? O incluso
mejor, ¿era realmente la voz de Dios?
Pero una noche, mientras oraba y se cuestionaba todo esto, volvió a escuchar una
voz y era Jesús que le decía: "Jesús, quien ha
entregado su alma por ti, es ahora quien habla dentro de la
tuya". Entonces, es que ya no se trataba de
seguridad, se trataba de obediencia.
No se trataba de comodidad, sino de
valentía.
A lo largo de las escrituras vemos a hombres y mujeres entrar en lugares
difíciles, no porque fuera fácil, sino porque Dios los
llamó. Y al hacerlo, su fe y su valentía cambiaron el
mundo.
Abraham dejó todo lo que conocía para seguir a Dios hacia lo
desconocido. María Magdalena fue la primera en
presenciar la resurrección, en un mundo donde el testimonio de una
mujer ni siquiera se consideraba válido.
Pablo recorrió caminos peligrosos y enfrentó multitudes
hostiles para compartir el mensaje de Jesús.
El llamado de Dios nos lleva a lugares difíciles, pero es justo ahí
donde su historia se despliega. Jesús fue
llamado a entregar su vida para que otros pudieran vivir.
Y ahora Patricio es llamado a regresar a la tierra que le
provocó tanto dolor. A menudo, el
llamado rara vez llega con claridad al principio.
Suele empezar con un susurro, una carga, un
tirón en el alma. Y siempre la invitación es la
misma: confía en mí.
Para encontrar nuestro propósito en este mundo, se nos invita a escuchar el
corazón de Dios, el corazón de aquel que ha estado desde el principio del
tiempo tendiéndonos la mano para sanar lo que duele,
restaurar lo que está roto y encontrar lo que se ha
perdido.
A los cuarenta años, Patricio regresó a Irlanda, pero esta vez no como
cautivo, sino por decisión propia, en la misión de encender la
llama de la fe que iluminaría a toda una nación.
Y tú, si estuvieras dispuesto, ¿a dónde podría llevarte
Dios?